sábado, julio 12, 2008
Alejandro Escoplo, personaje de una novela que no fue escrita
Ahí estás, Alejandro, pensando qué diablos haces otra vez fingiendo ser normal, en cómo zafar del mundo pero sin decirle su verdad, la verdad… qué palabra sin sentido, qué arrogancia, qué ceguera —te dices. Y te miras reflejado en la ventana: no soy tan feo o sí, sí soy un monstruo realmente: todo dependerá de la luz, de la perspectiva, y del ánimo, de tu ánimo por los suelos. Piensas, Alejandro, piensas que alguien te arrebató la pureza, aquella muchacha que iba por la pendiente hacia la playa mayor de Pelluhue: tú detrás, detrás de ella con una cámara, pensando, pensando siempre, Alejandro, que acaso después pudieran fotografiarse juntos abrazados, tomados de la mano, amorosamente unidas tu mano temblorosa y la suya apaciguadora. E irse así perdiendo calle arriba como si terminara todo igual que en una película muda, en un punto central hacia el que todo tiende a negro, sin día siguiente, sin esos mañanas donde todo entusiasmo se pudre.
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lunes, agosto 20, 2007
otros giros, otros silencios
No hay formas no hay colores
No hay seres al fin en esta luz sin luz
Desaparece la creación y sus augurios
Sus pensamientos sus sensaciones y también sus imágenes
Y hasta sus sueños de sustancias prisioneras
La nada luminosa
Ni luminosa ni oscura
La armonía de la nada sin armonía
La nada y el todo sin todo
No hay seres al fin en esta luz sin luz
Desaparece la creación y sus augurios
Sus pensamientos sus sensaciones y también sus imágenes
Y hasta sus sueños de sustancias prisioneras
La nada luminosa
Ni luminosa ni oscura
La armonía de la nada sin armonía
La nada y el todo sin todo
Vicente Huidobro (de "Al oído del tiempo",
en El ciudadano del olvido, Santiago de Chile: Ediciones Ercilla, 1941)
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sábado, septiembre 09, 2006
Asedios a una poesía del silencio
Es curioso que el discurso entredicho, contradicho, balbucido en soledad no fructifique a pesar de quedar inscrito en el espacio virtual de esta comunicación precariamente necesaria. Es curioso contemplar a los arqueólogos excavando substatos de tierra para dar con quienes, como nosotros hoy, también vivieron a ras de suelo.
Sumergirse en el silencio como en la muerte por escapar del eterno acumular justificaciones y argumentos para instalar una importancia sólo arbitrariamente inteligible, apagar este eterno juego de lamentaciones por alcanzar la perfección sin mácula de lo mineral, de lo inorgánico. Ser, pero como la piedra que no tiene conciencia, ahí anclada a su pedazo de suelo también muerto.
Sumergirse en el silencio como en la muerte por escapar del eterno acumular justificaciones y argumentos para instalar una importancia sólo arbitrariamente inteligible, apagar este eterno juego de lamentaciones por alcanzar la perfección sin mácula de lo mineral, de lo inorgánico. Ser, pero como la piedra que no tiene conciencia, ahí anclada a su pedazo de suelo también muerto.
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